jueves, 27 de septiembre de 2007

Preocupación y «dignidad» por la buena arquitectura

El autor del famoso arco trasladó el amor por el deporte a su profesión

Académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, José Antonio Domínguez Salazar, fallecido el pasado día 7 a los 96 años, fue un reputado creador, donostiarra para más señas y acérrimo aficionado de la Real Sociedad, cuya prolífica obra quedó ligada para siempre al rival del equipo de sus amores: el Athletic.

Ocurrió en 1950, cuando la directiva rojiblanca presidida por Enrique Guzmán sacó a concurso público la ampliación y reforma de San Mamés. «Se presentaron autores de toda España y ganó la propuesta de mi padre, pero fue sobre todo la obra de un equipo, con los también arquitectos Ricardo Magdalena y Carlos de Miguel y el ingeniero Fernández Casado», ensalzó ayer, con humildad, José Antonio, uno de los dos hijos del autor del emblemático arco de 'La Catedral' que el equipo de Azkuna pretende reconvertir en pasarela peatonal.

Arquitecto como su progenitor y su otro hermano, Manuel, José Antonio se mostró orgulloso acerca de los planes del Ayuntamiento de Bilbao. «Me parece muy bonito, siempre que se emplace en el sitio adecuado, reciba el visto bueno de los técnicos y se respete la integridad conceptual» de la infraestructura.

Tenista y futbolista

Una obra con la que 'Txomin', como era conocido entre sus amigos, reafirmó su amor por el deporte -fue campeón de España de fútbol amateur en los años 30 «con un equipo de San Sebastián» y uno de los mejores tenistas vascos de la época- y su compromiso con su particular concepción de la arquitectura. Opositor de las «modas y esnobismos», consideraba que las nuevas vanguardias «encarecían» las construcciones. Con la edificación de la tribunal principal de San Mamés se cuidó mucho de ajustarse a las «limitaciones económicas» del Athletic sin perder de vista la proyección futura.

José Antonio admitió ayer que su padre era un artista «preocupado» por «la evolución de la arquitectura. «Sólo las obras que envejecen con dignidad ejemplifican la buena arquitectura». Domínguez Salazar trasladó este espíritu a un sinfín de proyectos desarrollado en gran parte en Madrid. Construyó numerosas parroquias, habilitó los clubes sociales de elitistas centros deportivos, reinventó barrios, reformó sedes bancarias, proyectó cines y creó también el edificio de oficinas de Firestone en Galdakao, pero, «como buen donostiarra», presumía de poner firma al arco de San Mamés en una de las épocas más gloriosas de los leones.