lunes, 12 de agosto de 2013

Esclavos de la crisis

El elevado paro causado por el pinchazo de la burbuja del ladrillo impone jornadas de 12 horas y sueldos bajos. "Si no tragas, hay 20 esperando" 



Las fotografías que ilustran este reportaje se tomaron en las obras del estadio de San Mamés. Los trabajadores que aparecen en las imágenes nunca debieron ser captados por la cámara. No debían estar allí. Era festivo, jornada de obligatorio descanso para el sector de la construcción. Sin embargo, los alrededores de La Catedral bullían de actividad, como una mañana laborable más.

La edificación del nuevo templo rojiblanco se ha convertido en el paradigma de lo que los principales sindicatos coinciden en llamar la 'semiesclavitud' que ha dejado la burbuja inmobiliaria: turnos de hasta 12 horas, semanas laborables de lunes a domingo, horas que se pagan a entre cinco y seis euros, horas extras que no se abonan en ningún caso y un ritmo de marchas forzadas para acabar cuanto antes y sacar más rentabilidad. Condiciones sobre las que empresas vinculadas al proyecto consultadas por este periódico han rehusado pronunciarse. "En la inmensa mayoría de tajos, incluidos los que se financian con fondos públicos, el convenio colectivo provincial se está incumpliendo de manera flagrante y sistemática sin que las autoridades estén haciendo nada para remediarlo", denuncia Txema Herrero, secretario general de la Federación de Construcción de CC OO en Euskadi.

Algo que no ocurría hace una década. El motivo: la crisis ha provocado un dramático descenso en la facturación de las constructoras. El informe de 2012 de la patronal Ascobi revela que, en el último lustro, se ha reducido a la mitad el nivel de obra licitada en el territorio. Han desaparecido más de 130 mercantiles y el número de empleados ha descendido también de manera brutal. Una de cada tres personas que estaba ocupada en el sector en 2007 se encuentra ahora en paro. Se ha pasado de 47.000 operarios a algo menos de 30.000.

Gerardo es uno de los oficiales de primera que tienen 'la suerte' de trabajar, aunque lleve metido en el nuevo San Mamés, casi sin salir, los últimos cuatro meses. "He librado tres domingos desde Semana Santa", se lamenta mientras apura un filete de ternera con patatas fritas acodado en la barra de un bar situado frente a La Catedral. Come con rapidez. Con prisa. "Vete preparándome la cuenta que tengo mucha tarea", le dice al camarero. "Esto no son condiciones pero es lo que hay", se resigna. En su casa aguardan mujer y dos hijos. "Hay que llevar un sueldo como sea", añade mientras paga los doce euros que le ha costado el menú.

"Tan agotados que ni hablan"

Danilo es un peón portugués que llegó hace tres meses a Bilbao. Reconoce que mete "muchísimas horas", sobre todo "desde que es verano y hay más luz". Habla un castellano más que correcto -"antes estuve haciendo durante seis meses una autopista en Madrid"- mientras se come un bocadillo en los alrededores de Termibus. Pese a todo, está contento. "Creo que en mi país las cosas están aún peor y se cobra menos", indica. Lo único que le preocupa es la seguridad. "El cuerpo se cansa y es más fácil cometer errores. Cuanto más tiempo estás ahí arriba -dice señalando la corona del nuevo estadio-más peligro se corre".

Los establecimientos hosteleros que rodean el antiguo estadio se han convertido en obligado punto de reunión de los cientos de obreros que están derribando el viejo San Mamés y levantando el nuevo escenario de los choques futbolísticos del Athletic. Acuden sudorosos. Algunos llevan el casco de obra debajo del brazo. Casi todos llevan prendas reflectantes. Son inconfundibles. "Paran un rato a comer y luego, a media tarde, cuando ya han acabado, vienen a echar unas cervezas", relata uno de los encargados de una taberna. "A mediodía se les ve animados, pero cuando ya acaban la jornada están agotados. Muchas veces ni hablan", añade.

La rutina se repite día tras día. Jornadas de hasta 12 horas, semanas de lunes a sábado, festivos incluidos, para cobrar a final de mes lo que marca el convenio: unos 1.200 euros netos para un peón. "Si divides el sueldo líquido por el tiempo total de currelo se percibe unos cinco euros la hora", apuntan desde ELA. "Antes de la crisis esto no sucedía, se trabajaban las 1.712 horas que marca el convenio", añaden.

Tanto se alargan los turnos que algunos bares están pensando incluso en empezar a servir cenas. "Hemos oído que se rumorea que quieren poner tres relevos de soldadura. Parece que algunos gremios van a trabajar las 24 horas", afirma un hostelero. Algo que está terminantemente prohibido por el convenio sectorial, recuerdan los sindicatos. "Como regla general, no se permite extender la jornada más allá de las seis de la tarde", afirma el representante de CC OO.

Ya sea en San Mamés, en unas viviendas que se ultiman en Bolueta o en los pisos de Garellano, donde el pasado 31 de julio sí se respetó la norma y no hubo actividad, las nuevas condiciones de trabajo las imponen los empresarios... y son aceptadas por los propios obreros. "Si no lo coges, hay veinte compañeros esperando en la cola del paro, deseosos de entrar en el tajo. A eso juega la patronal", denuncia Alberto Cristobal, responsable de intervención de la Federación de Industria de LAB. Es la dictadura de la crisis.

Resulta palmario que la legislación laboral se está infringiendo, según afirman todas las voces consultadas para este reportaje. Existen trabajadores que denuncian, pero "son los menos". "Hay mucho miedo al despido", apuntan desde ELA. "La mayoría está tragando sapos y culebras", ejemplifica Cristóbal. Y aun cuando el caso se pone en conocimiento de las autoridades competentes, "no se hace nada efectivo para atajar la problemática".

"La Inspección de Trabajo está desbordada", afirma el miembro de LAB. Si una investigación se pone en marcha, es "muy probable" que para cuando concluya ya se haya acabado la obra. Este parece ser el engranaje que falla en la cadena, según lo que afirman los representantes de los trabajadores. "Nosotros no somos la Policía y poco podemos hacer", apunta Herrero, de CC OO. Existe una reglamentación, pero "nadie" se preocupa de hacerla cumplir. Tanto es así que en Gipuzkoa se ha aprobado una norma para evitar excesos en las obras que cuenten con financiación foral. "Es algo paradójico: se ha tenido que impulsar una iniciativa legal para garantizar que se cumpla otra disposición legal", comenta Cristóbal.

El paso dado en el territorio vecino para intentar acabar, al menos en el sector público, con las condiciones esclavas que han aflorado con la crisis se adoptó el pasado 9 de julio. Las Juntas Generales otorgaron su visto bueno al proyecto con los votos de Bildu y el PSE. El PNV y el PP se abstuvieron. La Cámara dio luz verde a la creación de una comisión que trabajará estrechamente con los sindicatos y que podrá acudir a los tajos para comprobar si se respetan los derechos de los trabajadores y el convenio sectorial. En caso de que no se cumplan las condiciones, se podrían imponer sanciones incluso de hasta el 10% del importe de licitación del contrato.

La medida ha sido aplaudida por todos los sindicatos. "Es muy importante", constata LAB. "Se abre la puerta a acabar con este lamentable fenómeno, después de que llevamos años denunciando lo que pasa". Las centrales preparan para después del verano una "ofensiva" que tendrá como objetivo que una iniciativa así sea ratificada también en Bizkaia y Álava. "Vamos a tocar todas las puertas que sean necesarias", afirma el responsable de Intervención de la Federación de Industria del sindicato abertzale.

Para los representantes de los trabajadores, resulta "humillante" que las condiciones de semiesclavitud se estén dando en obras públicas. "Es un doble fraude", apunta Herrero. "No sólo se atenta contra los derechos de los trabajadores, sino que las empresas que resultan adjudicatarias también están incumpliendo la normativa fiscal y de la Seguridad Social".

Aunque San Mamés es el buque insignia y el caso "más llamativo" y "mediático", sobre todo porque se manejan plazos de entrega "irreales", la situación en todo el sector es "preocupante". Andrés llegó a Bizkaia en 1971. Tiene 42 años cotizados en la construcción. Las pasadas Navidades se quedó en paro por primera vez, tras haber ejercido durante 15 años como jefe de obra en una empresa que se fue a pique. Ahora ha encontrado un empleo como peón. "Cobro menos de la mitad que antes y trabajo casi el doble", afirma. "Y si sigo al pie del andamio y aguanto el chaparrón actual es porque sé que me quedan dos años para jubilarme con cierta dignidad".

Fuente: El Correo